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دفع، ودفع, Luis Aramburu

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No me lo puedo creer. Estoy aquí, se ha acabado todo y, aún así, tengo que estar en una sala de espera. Aburrido y de píe en el único lugar en el que sé a ciencia cierta que no se puede medir ni matar el tiempo.

– Jaime Martín, sígame – ¡Ese soy yo. Al fin!-. Veo que tiene algunos documentos tramitados, ¿Le han explicado cómo funciona esto?

-Pues no, la verdad. Me hicieron rellenar unos informes pero aún…

– No se preocupe. Somos en este turno los dos únicos hispano hablantes que estamos atendiendo, así que le dejaré en el despacho de mi compañero y podrá tratar cualquier duda tranquilamente. Segunda sala a la derecha y todo recto hasta el final.
Para el primer tipo amable que me encuentro y ni siquiera me ha dado tiempo a despedirme ni a agradecerle su atención. Tras caminar por unas cuantas baldosas, me encuentro ante la puerta de a quien se supone que debo de convencer de que el fallo es suyo y no mío.

– Veamos… Jaime Martín… Martín… Vale, aquí tengo su expediente. Veo que viene interesado por un cambio de proveedor.

– Siento mucho preguntarle por esto, pero, ¿No me iba a atender Pedro? Ya sabe, este lugar tiene mucha leyenda.

– No pasa nada, es lo primero que suelen preguntarme en estos casos. Verá, cuando la gran guerra, se saturó. Y con la segunda, ¡Ni le cuento! Así que desde hace un tiempo se toma un día al año de vacaciones. Todavía no se han dado cuenta abajo, pero efectivamente, hay un día al año en el que no muere un ser en todo el planeta y mira, ha tocado hoy.

– Precisamente el día en el que me he muerto.

– Cinco minutos más tarde. Si se hubiera esperado cinco minutos, no estaría aquí. Va a ser un poco difícil que entre.

– Vale, recapitulemos: He fallecido por culpa de un imbécil que no ha visto el semáforo, no me atiende quien espero y para colmo no me dejan entrar en el cielo. ¿Por qué? ¡¿Qué carajos pasa aquí?!

– Tranquílecese.

– ¡Es fácil decirlo! ¡No es usted quien ha muerto!

– Llevo cinco siglos muerto.

– ¡Es fácil decirlo! ¡Tiene más experiencia que yo!

– A ver, lo que aquí ocurre – dejando caer levemente las gafas por el puente de su nariz. Sí, aquí también las llevan- es que usted… Aquí pone que usted no tiene alma, que la vendió.

– ¿La vendí?

– Sí, ¿Hizo tratos con ÉL?

– No… No sé. ¿Quién no ha soltado eso de “vendería mi alma si…”?

– Todos los que han logrado entrar.

– ¿Y no puede hacer una excepción? Necesitaba fama y dinero para tener mejor vida y compañías y simplemente me dejé llevar y solté esa dichosa frase.

– Déjeme adivinar: ¿Tenía un seguro de vida por accidente?

– Sí.

– Ese – moderando su voz hasta límites inaudibles- cabrón es muy listo. Al parecer le ha atropellado alguien relacionado con la prensa amarilla. En el informe pone que estuvo en… ya sabe, allí abajo, ¿Cierto?

– ¡No he aguantado ni media hora! Altas temperaturas, espíritus condenados, mujeres lascivas… A mí me gusta más la tranquilidad. Ya sabe, flotar de un lado al otro, tener buenas vistas, distraerme con pasatiempos… Esas cosas. Por eso quiero cambiar el contrato.

– Pero tiene un problema y es que el Diablo le exige permanencia. No es tan fácil.

– ¿No puedo hacer nada? ¿Ni siquiera no hacer valer mi contrato y robarle parte del alma a alguien de la zona? Tampoco hace falta que pueda disfrutar de todas las ventajas. Me conformo con volar con unas alas de segunda.

– Repito que no es tan fácil. Estamos hablando de un montón de cláusulas y no queremos cabrear a los dos jefazos. ¿Sabe la que podríamos liar si erramos en la letra pequeña?

– Mientras esperaba he leído vuestras ofertas. Si quitamos el aurea y la corona angelicales, ¿Puedo formar parte de vuestra hueste?

– El contrato con Dios debe cumplirse a rajatabla. Son simplemente 10 mandamientos muy sencillos. ¡Joder, hasta os los dejó escritos!

– ¿Y qué puedo hacer?

– Jaime… A ver, me cae bien, pero no puedo ayudarle de una manera oficial. Lo único que puedo hacer es que venga otro día a pedir el visto bueno.

– ¿Cuánto tendré que esperar?
Se levanta, me coge del hombro y me abre una puerta lateral que hasta ese momento no sabía que estaba ahí. Y me dice:

– Toda una vida. Le doy una segunda oportunidad, pero trate de hacerlo bien en esta ocasión.
A orillas del Éufrates, un niño llora al mundo por primera vez para demostrar que está vivo.

 


Luis Aramburu

Ilustración: Bruno Ferreira

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