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Anatomía de un cupido irresponsable, Arturo Martín

Arturo Martín

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Hay un par de zapatillas color gris siempre caminando de un lado para otro. Con ese lindo revolotear por lo mundano sin darse ni momento de descanso para ser aburridas, las zapatillas menudas, breves, repentinas cuando no deberían serlo como el sol de su ciudad se dedican a demostrar lo muy bien que congenian las palabras pizpireta y discreta, con una pizca de descaro casi imperceptible pero que se hace con todo; orquestándolo maravillosamente como un pequeño coletero diminuto y certero que recoge esa cascada de amaneceres de miel alisados que de pronto caen, caen y caen con reflejos de oro hasta llegar a poca distancia de las adorables, insolentes zapatillas, que de alguna manera permanecen grises y riéndose del coletero opresor, quien se ve exiliado a una cavidad pantalonaria perfectamente situada y triste, y va y se pierde el espectáculo.

Y hablando de dicha sección, señalaré que éste descaro no conoce límites. Con lánguida textura y movimientos ondulados de aburrimiento, intenta ocultar el por naturaleza fuera de lo común TINTELINGEN (NL) que apropiadamente recorre sus inoportunos y ocultos interiores, dato que de forma traicionera revelan grises zapatillas.

Y es que, de vez en cuando, la chapucera sección pantalonaria mira hacia otro lado (puede que con toda la intención) y es entonces cuando a la rodilla izquierda le da por arquearse y alzarse en medio de ese caminar de Dorothy que no necesita de zapatos escarlata para dar un destello limón a unas clásicas baldosas coloreadas en ajedrez que nunca se parecieron tanto a una fila de adoquines amarillos. ¡Pobres pantalones, a quienes les toca ser el chivo expiatorio de toda la relajación! Son marca Levi’s Harvey Oswald.

Por cierto que cuando se da ese momento de descuido pantalonario, tenemos también uno de relativo parecido que tiene lugar en el Hemisferio Norte de este país de gestos y tinta. Es un esfuerzo espontáneo, perfectamente coordinado de las extremidades análogas superiores. Es en excepcionales circunstancias como las descritas cuando una de ellas se tensa estirándose por completo, generalmente la que se encuentra emplazada en las latitudes más cercanas a la rebelde rótula, y orientada hacia el vacío que dibujan las mesas repletas de estática temperatura a su alrededor.

Al mismo tiempo ocurre que la otra se tensa formando un ángulo de noventa grados perfecto en su sinergia antagónica. El resultado final ofrece un momento histórico al fin y al cabo, que merece trascender del costumbrismo en que se desarrolla aunque sea a un triste pedazo de papel.

Por tanto es justo decir que las manos coronando esas extremidades no son en ese instante manos, sino ruiseñores azules, y que ese color de piel como de amar al Sol pero de estar divorciada de Él justifica que los Tercios se marchasen con el rabo entre las piernas, aunque eso disguste al señor Reverte. Y es que al menos esas extremidades superiores se dejan ver, demasiado ocupadas están como para dejar que la sección pantalonaria les presente alguna aburrida y corriente amistad para emparejarse.

¿Y qué tenemos en medio de todo esto? Hay naturalmente un torso, pero es uno de esos torsos mentirosos de la mejor manera posible, que prometen ser mucho menos de lo que en realidad son. ¿De qué otro modo podría ser el causante de tanto descaro, color y dulzura con un punto ácido?

Enumerado todo esto, dejaremos constancia del epicentro reconocido de todo este paisanaje individual, situado cómo no en el extremo Norte del conjunto. Se trata por supuesto de un óvalo ilustrado como solamente Dios sabe hacerlo, lo cuál no supone nada nuevo pero sí crea un conjunto inolvidable, al menos de cuello para abajo y ombligo para arriba. Precedido por un cuello cohibido por la sombra que el óvalo proyecta, y coronado por la cascada descrita al principio de esta elegía disfrazada de informe que no es más que puro ornamento.

El mencionado óvalo comienza tapado por una sección de dicha cascada, que da la impresión de ser como esas ostentosas cortinas de teatro preparadas para cerrarse tras el clímax y de las que solamente entrevemos una curva vestida con borlas de terciopelo, en la oscuridad y por el rabillo del ojo. Vamos, que empieza maravillosamente.

Justo a continuación tenemos las características ventanas del alma. Ventanas que, en este caso, le obligan a uno a mirar en cuanto parecen estar abiertas, revelando paisajes marinos que no se conocen, bañados como están en ese tono de acuarela del que se atrevió a salir la primera criatura que inocentemente desconocía su propósito de caminar.

Cuando uno logra alejar la vista de esa parte (SI es que acaso lo logra) es cuando llega al promontorio que oxigena el combustible que, en última instancia, mantiene al alma en vilo. En este promontorio algo más bien pequeño y discreto y, no obstante, estupendamente esculpido cuando uno se fija, revelándose agresivo en su falta de ganas de notoriedad, clave para entender el meollo principal de todo el contexto teclado-geográfico.

A los lados lo flanquean dos mejillas de pulcra redondez, teñidas del mencionado color que le saca los colores a Pérez-Reverte, con un dulce gramo de infancia conservada y espolvoreada con gracia. El detonante de todo esto, no obstante, se encuentra justo una pizca al sur del triunvirato descrito.

Allí hallamos una apertura en apariencia discreta e incluso tal vez aburrida hasta que se provocan cosquillas en cualquiera de los sectores mencionados. Es entonces cuando tiene lugar el auténtico Milagro Anatómico al revelar una colección de perlas que algún Dios Benévolo decidió robar a las hijas del Rey Hundido.

Tras esta Overtura nos llega a los oídos un sonido que rivaliza con el que sale de un feliz recién nacido; confirmando, en efecto, lo que de ese torso sospechábamos.

Y después de todo esto es cuando el conjunto de fenómenos anteriormente descrito se centra en dirigirse hacia mi posición y ofrecerme todo lo que ese ser que es suyo le sugiere para mí, y yo, naturalmente, le hago caso.

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