4
Shares
Pinterest Google+

La primera vez que reconocí mi cara, se veía reflejada en las oscuras esquinas de la vieja televisión de tubo que teníamos en el comedor. En pantalla, Indiana Jones buscaba la manera de cambiar una bolsa con piedras por su deseado ídolo de oro, en la primera escena de ‘En busca del arca perdida’. Durante aquellos mágicos instantes de mi niñez le estaba acompañando en su aventura: coincidíamos en pantalla. Deseé con todas mis fuerzas ser un arqueólogo, pero no de cincel y desgastada paciencia en cuclillas, sino un apuesto y valeroso hombre que se jugaba la vida a cada paso que daba, saliendo siempre victorioso y con un romance en cada aventura. Sin embargo, desde entonces, lo único que he visto en ruinas ha sido mi vida.

He despertado esta mañana con una desazón terrible. Mi corazón padecía arritmia incluso en reposo y la ansiedad me comía vivo. Sólo quería escapar de todo, olvidar mi nombre, mis derechos y – sobre todo- mis obligaciones. Me observé detenidamente en el espejo como cada día y me di cuenta de que no sabía cuándo, pero se me olvidó asistir al funeral de aquel niño que fui. Cada tren en marcha que había pasado por mi vida lo había despedido con fingida alegría desde la estación y con el paso del tiempo había aceptado que me crecía más el pelo en el mentón que en la cabeza, que ni con ejercicio y dieta iba a rebajar mi barriga y que lo de flirtear con chicas 20 años más jóvenes que yo, ni en mis fantasías más hilarantes. Y lo peor de todo es que intelectualmente no estoy preparado para ello. La vida es larga, miserable y no te da lecciones. Cuando Darwin cruzó el mar a bordo del bergantín HMS Beagle para postular sus teorías evolutivas sobre la selección natural, dudo que pensara en el futuro tanto como lo hizo en el pasado: No imaginaría que detrás de la supervivencia de la humanidad se encontrarían fracasados cuarentones como yo. Soy demasiado mayor para morir joven.

Ella me preguntó esta mañana, como quien ficha en un trabajo que le aburre, si la seguía queriendo como el primer día. Después de intentar hacerle el amor con los calcetines puestos, contesté sin quererlo y de forma aséptica: esta vez dejé de mentir y le dije que no. Si yo creía haber destrozado mi vida, ella tenía el derecho a saber que la suya era igual de alegre. Su realidad cayó al suelo como un castillo de naipes custodiado por un niño. Esquivé sus reproches y las lágrimas vertidas como buenamente pude, en silencio, mientras desconectaba de todo lo que me rodeaba. Me quedé en blanco, dejando de sufrir la pereza del buscador y acariciando todas las respuestas a mis preguntas, hasta que uno de los platos se estrelló contra la pared y me sacó de mi letargo, haciendo que se desvaneciera aquella preciada y metódica información. Nos miramos como cansados compañeros de viaje, como aquellos que van a un destino para huir del punto de partida y, sin necesidad de decirnos nada más, volvimos a nuestras obligaciones.

El resto del día será diferente. He arrancado fuerzas de donde no las había y he aprovechado que mis hijos se han ido a la escuela y mi mujer al trabajo para romper las huchas y sacar el poco dinero que quedaba escondido entre los libros. Noventa y siete euros que servirían para pagar el gas y el teléfono de este mes, han acabado costeándome un billete de ida a la primera ciudad a la que he visto vuelos abiertos para esta tarde: Birmingham. Me he ido sin avisar, sin dejar notas, sin intención de volver. Sólo traigo una maleta con ropa para dos días que sé que no llegaré a ponerme. Me sentía nervioso mientras esperaba al embarque, pero tras subir las escaleras hacia la puerta del avión, me he imbuido en una profunda ataraxia, abriendo mis cansadas manos y decidiendo dejar de vivir aquella otra vida, olvidando pensar en cada bifurcación del camino y en cómo seríamos tú y yo en las ciudades donde podríamos haber vivido.

Ahora estoy mirando al cielo desde la ventanilla. Me esperan dos horas de camino donde trataré de reconocer entre las nubes las caras de los famosos que adoro, donde deberé evitar fijarme en los fastidiosos tics de los demás y negaré cualquier ofrecimiento de comida por no llevar dinero para pagarla. Mientras cierro los ojos, un cosquilleo me recorre la columna y me calma. Me encuentro más seguro que en la suma de todos los anteriores momentos de mi vida: sé lo que quiero. Deseo no llegar al destino, pretendo que el avión caiga y me voy a asegurar de que tarde o temprano lo haga. Mi nombre, que no ha servido para nada ni para nadie, amanecerá en un listado de 78 personas, de las cuales la mayoría y por estadística, serán buenas. Decenas de informativos nacionales abrirán con la noticia del desgraciado accidente y tendré homilías en las que se rece por la paz de mi alma. Mi mujer, mis hijos, mis amigos y excompañeros de trabajo, pensarán en qué hicieron mal para que quisiera huir de esa manera y, quizás, me recuerden otorgándome más méritos de los que he tenido nunca. Seré un buen amante, un magnífico padre, un gran compañero de aventuras y un talento desperdiciado. Todo ello simplemente desapareciendo de sus vidas. Además, vivirán mejor sin mí.

Éste sería un buen momento para empezar a fumar.


Luís Aramburu

Fotografía, Urtzi Mardaras

Anterior Mordiscus

Buenos días, Anicet Odilon

Siguiente Mordiscus

WWOOF: Viaja y vive de lo que cultivas.

No Comment

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>