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¿Con qué pretexto?

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La semana pasada fui víctima de una de esas desgracias primermundistas tan temidas, junto a otros miedos del hombre contemporáneo como la calvicie (si aún tienes pelo), una carta de despido (si alguna vez has trabajado) o un gatillazo (de esta no te escapas). Como cada día, casi como cada hora, me disponía a aniquilar mis horas muertas con mi habitual sesión de infoxicación tecnológica dispar, variada, absurda: mi principal fuente de ocio cultural. Pese a lo triste de esta cotidianeidad elegida que, no obstante, a menudo excuso de una u otra forma, he de reconocer la victoria de Youtube, Facebook o Twitter frente a mis abandonados Capote, Nabokov, Joyce o Aramburu, por citar a los nuevos fichajes que esperan su momento, calentando en la banda. ¡Tanta biblioteca para acabar sucumbiendo a los cantos de sirena de una pantalla! Además, los momentos que con esta se viven no siempre son tan gratos como los que brindan los olvidados; y, de hecho, así se pudo comprobar aquel día, pues no fue la primavera, sino la esquina rota de mi moribundo, oscuro, inútil portátil la que me saludó.

No sé cómo pasó: cuando desperté, el estropicio estaba allí. Lo peor de todo es que no parecía que hubiera modo alguno de solucionar el problema sino a golpe de cartera. Por si fuera poco, unos días antes, cierto polifacético amigo había solicitado mi colaboración en uno de sus impredecibles proyectos culturales; esta vez, tocaba una revista. Literaria, miscelánea, o algo así. Ante tal grata propuesta, mi maldita conciencia responsable me llevó, en un ejercicio de sadoquismo propio del habitante del mercado laboral, a solicitar un plazo que, ante los últimos hechos, se me antojaba imposible. Cornudo y apaleado.

“No dependo de una maldita máquina para hacer lo que quiero”, se dijo mi más orgulloso yo, mientras buscaba papel y boli, kit del amanuense en peligro extinción, por mi habitación. Diez minutos más tarde, me sentaba frente a ellos en mi hogareña cédula de pensamiento. Dos horas, dos cafés, varias galletas, paseos al baño y suspiros después, no había sido capaz de escribir una sola palabra. Había leído no hacía mucho un escueto artículo sobre este problema, pero jamás pensé que yo mismo fuera a sufrirlo. ¿Un filólogo sin palabras? “Quizás sea que estoy demasiado acostumbrado a escribir a ordenador, puede que haya perdido el hábito. Eso debe ser, sí”. Había que buscar soluciones.

Pero no, no era ese el principal problema. Tampoco tenía muy claro cuál podía ser, pero sabía que al final lo descubriría. En un ejercicio de memoria, esbocé una breve lista de la tipología de los textos que había escrito con mayor asiduidad en los últimos años, desde que abandonara el refugio familiar. Por un lado, estaba lo puramente académico: apuntes, exámenes, análisis lingüísticos de todo tipo (filológico, pragmático, sintáctico, literario, y un largo etcétera), reseñas, memorias, comunicaciones, ensayos,… Me atrevería a contar por millones las palabras que he redactado en el último lustro, siendo probablemente menos de la mitad las que han sido leídas o escuchadas con atención. Por otro, el nuevo ocio del siglo XXI que ya citara previamente en el que, iluso de mí, me esfuerzo por mantener una correcta ortografía; ¡como si ello fuera a impedir el cambio lingüístico! Y, por supuesto, burocracia por doquier. ¿Quién puede vivir sin solicitudes, certificados, cartas, currículum? ¡Ah, el mundo civilizado!
¿Qué tienen en común todos estos escenarios textuales que tan asiduamente suelo frecuentar? Creí entonces dar con la clave: cada vez que creé uno de ellos, tenía un fin, un pretexto claro. Pero, en este caso, ¿por qué se supone que quiero escribir yo un artículo para una nueva revista artística de difusa identidad y valía? ¿Para qué arriesgarme y enfrentarme a lo incierto? He aquí la cuestión, el dilema que debo resolver si quiero superar mi particular bloqueo. Y está difícil, puesto que la negatividad parece haberse apoderado de mi cabeza. ”En realidad, esto no vale para nada; tengo demasiadas cosas que hacer como para perder el tiempo de esta manera”, pienso, como me digo cada mañana mientras hago una lista de cosas que hacer, mientras el mundo gira. Quiero creer, que los de ahí fuera, los otros, no son como yo, que carpen sus diem, que no restan las semanas que faltan para la libertad, sino que las suman, que saben vivir. Y que toman riesgos. Y es probable, a juzgar por lo que me chivan sus redes sociales, que así sea. Pero yo, yo soy incapaz. Vivo encorsetado por los plazos, abocado al miedo al desvío, asfixiado por la amalgama de planes futuros que voluntariamente voy entrelazando en tanto que asfalto con suma rectitud mi camino. Como si tuviera miedo de la libertad que da el no estar sujeto a restricción alguna, como si temiera el hacer algo por el mero placer de hacerlo, sin justificar su valía ante ningún profesor, familiar, amigo, jefe, o mi propia conciencia. Como si tratara de callar a los hombrecillos que me descubriera mi admirado Millás. Pero esto es algo que pienso aquí, en soledad, algo que jamás diría en un artículo con el objetivo de publicarlo, que podrían conocer, siendo optimistas, millones de lectores potenciales; siendo realistas, miles, cientos, si no decenas. ¿Con qué pretexto?

Ya han pasado dos semanas, y he de reconocerlo: muy tentado estoy de rendirme. ¿Para qué voy a escribir? Y, según esto, ¿sobre qué? Es triste, pero, ¿qué hice yo para merecer esta mentalidad de señor mayor a mis veintilargos? ¿Por qué necesito rendir cuentas ante nadie, siquiera ante mí mismo, por mis acciones más nobles, como la de participar en una revista literaria que no me reporta más que, quizás, la satisfacción de emborronar vírgenes páginas (o, por qué no, la culpa por hacerlo)? Sea como sea, estoy pensando seriamente en escribir a mi amigo y decirle que no puedo mandarle el artículo que le prometí. Sé que puedo hacerlo, que aún no he perdido esa capacidad, si es que alguna vez la tuve, de juntar letras, enlazar ideas y, sobre todo, envolverlas en un gongorino lenguaje que a alguien puede, por algún extraño motivo, resultarle agradable (los caminos del placer son inescrutables). Los que han compartido horas en las mismas vetustas facultades que yo me comprenderán; al fin y al cabo, nos alimentamos de palabras ajenas: ¿cómo no ser asquerosamente filáticos? Pero, para ello, insisto: necesito saber por qué escribo, exijo un objetivo claro que yo mismo soy incapaz de definir.

Decidido, sí. Voy a escribir un mail al querido mamón que me ha puesto en esta tesitura. Voy a encender mi nuevo portátil, aquel que compré horas después de que perjurara que nunca más dependería de una pantalla para disfrutar, aquel que me ha mantenido tan (des)ocupado viendo vídeos y leyendo tweets durante los últimos quince días, aquel en el que he escrito estas líneas y, de una vez por todas, voy a acabar con esta mentira.

 


 

Autor artículo, Francisco Ramos
Autor ilustración, Jonathan Vico

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