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Confesiones en el putiferio (I): Amortizar un dineral

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Soy un ser humano vago. No me gusta fregar. No me gusta planchar. No me gusta secar lo fregado ni doblar lo planchado. Se trata de una realidad con la que he tenido que convivir desde hace largo. Pero, por suerte, todo eso ya se acabó.

Durante los últimos siete años he ahorrado el suficiente dinero como para comprarme un lavavajillas. Céntimo a céntimo, logré aunar la cantidad que me permitió obtener el mejor de los lavaplatos. Y cuando digo el mejor, me refiero al más caro, que será, supongo, el que más limpio lo deje todo. Porque soy vago pero no un cerdo. A cambio de, simplemente, “darle un agua” a los cacharros antes de depositarlos dentro del electrodoméstico, tendría mi vajilla reluciente. Echarle un agua a los platos es un acto sencillo e inocente, casi un divertimento: es mojar ligeramente lo ensuciado para facilitar la tarea de una máquina imperfecta.

En echarle un agua a todo sólo tardaba cuatro minutos de nada. Valía la pena. Pero en septiembre el lavaplatos fue perdiendo parte de su fuerza. El técnico me dijo que no se podía hacer nada, que era un proceso natural dentro de la vida del electrodoméstico. Así que ahora empleaba unos quince minutos en darle el agua a todo. Porque claro, el lavaplatos había costado un dineral y tenía que amortizarlo. Y el problema fue creciendo. El aparato perdía más y más fuerza. Y yo empleaba cada vez más tiempo en darle el agua a lo ensuciado.

Hasta que, tiempo después, llegué a tardar más en darle el agua a los cacharros que el lavaplatos en hacer su trabajo. La cosa fue a peor. Yo fregaba más y más y el aparato menos y menos. Hasta que, por fin, introducía los platos totalmente limpios. Relucientes. Incluso, en ocasiones, los metía limpios y el lavaplatos, tras hacer su trabajo, los devolvía sucios. Por lo que tenía que volver a darles un agua e introducirlos de nuevo esperando que con un poco de suerte los devolviera, como mínimo, igual a como entraron. El proceso podía durar horas. Era una situación un poco incómoda. Pero, claro, tenía que amortizar el dineral que costó.

A veces, mientras estoy fregando miro de reojo el lavavajillas y sospecho que me observa. Me vigila. Estudia todos mis movimientos. Está esperando su momento. Se que debo disimular y seguir limpiando tenedores y cuchillos. No quiero que se enfade. He de tener cuidado. He de obedecer sus órdenes y continuar haciendo su trabajo. Ahora, él es quien manda.

Por cierto, me he comprado una secadora. En La Tienda en Casa. Me ha costado un dineral.

 


Sergio Granda

Fotografía: Ignacio O´Mullony

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