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EL DISCO HA MUERTO. ¿VIVA EL DISCO?

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Es complicado ser ajeno al fenómeno PXXR GVNG. Más aún después del hito que este colectivo de raperos afincados en Barcelona consiguieron hace unos meses al llenar la madrileña sala Arena sin contar con sello discográfico ni promoción alguna. La importancia de ese concierto, que para algunos medios especializados ha supuesto un punto de inflexión en las escena madrileña más underground, va mucho más allá de un simple cambio de gusto en los adolescentes que se aproximan a la música por primera vez, y recae en la manera en la que éstos consumen esa música. Porque los cientos de chicos y chicas que ese día se acercaron a ver a sus ídolos -invasión de escenario incluida- y que se sabían sus canciones de memoria nunca han tenido en sus manos un disco del grupo. Sencillamente porque no existe.

Desde el principio, PXXR GVNG han decidido ofrecer su música a través del canal que ellos mismos y, por lo tanto, el público al que se dirigen, utilizan para consumirla: Youtube. Acceso rápido, multidispositivo y, sobre todo, gratuito, hacen de la plataforma de Google el lugar ideal para dar a conocer sus canciones, publicadas sin orden aparente, según estén terminadas. Videos, redes sociales y mucha viralidad son los únicos factores que han necesitado para que jóvenes en todo el país hayan escuchado sus rimas y se hayan vuelto fanáticos. Quizás de manera inintencionada estos cuatro chicos han demostrado de manera evidente la inutilidad de una industria bien establecida desde hace sesenta años, y que en los diez últimos parece tambalearse. El disco, en definitiva, ha muerto. ¿O no? Los propios PXXR GVNG se encargaban de restaurar el status quo al anunciar en una entrevista su fichaje por una multinacional, con la que en unos meses sacarán su primer larga duración. Si el grupo que transgredía las estructuras establecidas acaba pasando por el aro, cabe plantearse la vigencia de un concepto que parece tan desfasado como es el de álbum.

Remontémonos a los felices años 50, a esos Estados Unidos que, tras salir victoriosos de una guerra y metidos de lleno en la siguiente, pasan por una época dorada -como bien hemos visto en infinidad de películas. La juventud, con más dinero en el bolsillo del que puede gastar, se rebela contra la generación anterior -una vez más- y decide abrazar los elementos culturales menos subversivos de la cultura negra, por aquel entonces -y como ahora- de carácter marginal. Nace así el rock and roll. Y, como cada vez que en el país de la libertad nace algo susceptible de ser convertido en negocio, unos tipos con mucha visión deciden volcar todos sus dólares y esfuerzos en la construcción de la llamada industria discográfica. Los chicos, tanto negros como blancos, producen canciones casi mecánicamente y el lanzamiento de singles se dispara. En ese momento, la música mantiene su componente social: nadie en su sano juicio se compra un disco para escucharlo tranquilo en su casa, sino que se organizan fiestas con el único objetivo de bailar y, con un poco de suerte, ligarse a la chica de turno. Publicar un álbum con muchas canciones carece de sentido, y los que surgen son meras recopilaciones de los grandes éxitos publicados anteriormente como sencillos.

Inmersos en esta dinámica llegan los 60, con un patente agotamiento del rock and roll y el surgimiento del pop, con los Beatles a la cabeza. La música, aún destinada para el gozo y disfrute de los jóvenes, se empieza a volver más intelectual y han de ser los cuatro de Liverpool los que den un golpe encima de la mesa con la publicación de “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, el primer disco proto-conceptual de la historia de la música popular. Cada canción se concibe como parte de una historia mayor, desarrollada de principio a fin a lo largo del minutaje. Es un álbum que necesita ser escuchado de manera continua para apreciar la intrahistoria que en él se cuenta. La música deja de ser una celebración colectiva para pasar a convertirse en una experiencia individual. Los vinilos de larga duración adquieren en este momento un sentido completo, llevado al extremo en la década posterior con la abundante proliferación de bandas de rock sinfónico.
Con el LP establecido como formato de referencia para muchos músicos, los señores trajeados se frotan las manos en sus despachos. A más canciones, más dinero. El problema aparece cuando el concepto que yace en los primeros álbumes se sustituye por nada, y los discos vuelven a ser un compendio de canciones individuales. Con la diferencia que ahora ya no son una recopilación de éxitos, sino canciones compuestas -muchas veces por obligación- para rellenar los veinticinco minutos de cada cara. El resultado es la cada vez más numerosa producción de referencias de dudosa calidad, metidas con calzador a un público al que se engaña a través de los singles publicitados en la radio -en definitiva, los temas buenos. La llegada del CD y su duración aún más larga convierte esta estrategia en un ejercicio de capitalismo salvaje, produciéndose la reedición de álbumes que incluyen maquetas, bonus tracks y un sinfín de material de relleno la mayoría de las veces innecesario. Al no haber otra alternativa, las ventas no caen y la industria vive su época dorada.

Pero el CD conlleva la digitalización del material que, como hoy bien sabemos gracias a los titulares apocalípticos, es la muerte irremediable de la cultura. Internet se democratiza y a un joven llamado Sean Parker se le ocurre una idea que no tiene nada de novedoso en su fondo pero si en su forma: colgar la música en la red para poder compartirla con otros aficionados. Exactamente lo mismo que se hacía cuando se grababan los vinilos en cintas de cassette, sólo que ahora sin perder calidad y sin salir de casa. Ideal para cualquier melómano. Y aunque Napster tuvo que cerrar -juicio mediático de por medio-, la semilla ya estaba plantada. La gente, cansada de llevar años pagando por puñados de canciones con desequilibrado interés, comprueba que hay una manera de acceder únicamente a aquellos temas que les parecen mejores, además gratis. Difícil resistirse. En este caso la industria, en lugar de adaptarse, se dedica a criminalizar a su público sin ofrecer una alternativa rentable. Tan sólo Steve Jobs, en una inteligente aproximación, asimila este cambio de tendencia y cuando lanza iTunes, la primera tienda de música online, ofrece la posibilidad de comprar canciones individuales, acabando así con la tiranía del álbum.

Y llegamos a la vorágine digital en la que vivimos. Spotify, Soundcloud, Bandcamp, Deezer, Tidal, Youtube… Las maneras de consumir música se multiplican cada día en una carrera que parece no tener fin. Sin embargo, sigue existiendo un desequilibrio patente entre el contenido que se ofrece y el que se consume. Los jóvenes ya no hacen el esfuerzo de escuchar cincuenta minutos de música para encontrar esos tres o seis que realmente les gustan, sino que van directamente a la búsqueda de la “playlist”, la lista de reproducción que contiene únicamente los grandes éxitos de un estilo, grupo o incluso país. Herederas directas de los “mixtapes” de los 80, estas listas vienen incluso predefinidas en algunas de las plataformas musicales, simplificando así el proceso de búsqueda por parte del consumidor pasivo, que es la mayoría. El single, como concepto, está más vivo que nunca.

Entonces, si nadie escucha ya discos enteros, ¿por qué se siguen componiendo? Las razones, como se puede intuir, son muy diferentes y complementarias. En primer lugar, la industria sigue demandando este tipo de presentación, en una desesperada búsqueda por una rentabilidad que no llega. En segundo lugar, la elaboración de más de una decena de canciones es algo que el propio músico se autoimpone por una cuestión de tradición: “si llevo toda la vida escuchando discos, lo lógico será que yo también grabe uno”. Es precisamente en ese postulado donde los más jóvenes no caen. Ellos han crecido sin escuchar un sólo álbum completo y por ello no se ven obligados a hacerlo. Las canciones se componen, y cuando están listas se publican. El formato da igual, lo importante es que se escuchen. Por supuesto, esta no tan nueva manera de hacer música no evita la existencia de temas malos, pero el consumidor ya no tiene la obligación de escucharlos como parte de un disco completo.

¿Pasa entonces el futuro de la música por la vuelta a la canción y la desaparición del álbum? Es complicado de predecir, pero por el momento las fórmulas intermedias parecen cobrar cada día más y más importancia. Así, los discos de menor duración o un número de temas más reducido se establecen como tendencia en una solución que busca satisfacer al consumidor, el mercado y, por supuesto, al compositor, el cual no puede -o no quiere- limitar su pulsión creativa en base a los dictados de la industria. Un caso reciente, como “Locus Amoenus” (Elefant, 2015) de Sagrado Corazón de Jesús, con tan sólo siete canciones con potencial de single, es un buen ejemplo de esta estrategia. Como caso extremo y que demuestra una excelente adaptación a las circunstancias tenemos a La Bien Querida. Su último disco, “Premeditación, Nocturnidad y Alevosía” (Elefant, 2105), ha visto la luz a lo largo de varios meses, en forma de tres maxisingles. Cuatro canciones con temática relacionada componen cada uno de ellos; temas destinados a ser éxitos de manera individual. Ninguna canción sobra porque sólo se publican aquellas que se considera que merecen la pena. Al final, y por una mera cuestión de tradición, han acabado todas juntas en un álbum.

El disco no está muerto, pero está moribundo, y cualquier esfuerzo por revivirlo es vano. No hay que buscar culpables, sino soluciones, y asumir cuanto antes que el cambio ya se ha producido. Adaptarse a él lo más rápido posible es la única manera de sobrevivir en un mundo que se tambalea. Olvidemos las viejas nostalgias y miremos hacia adelante. Hacia un futuro en el que, como en el presente, la música está más viva que nunca. Da igual cómo la escuchemos.

 


 

Autor artículo, Roberto Juanes
Autor ilustración, Peandell Illustración

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