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En defensa (innecesaria) de Charly García

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Hace poco he empezado a escuchar a Charly García. Es un artista que ha tenido una larga trayectoria y ha formado parte de muchos grupos respetados e integrados en la historia del rock latinoamericano como Sui Géneris o Serú Girán. Lleva casi medio siglo haciendo música. Partiendo de esto entiendo que la palabra “defensa” está totalmente fuera de lugar. Aún así la considero necesaria. Quizás necesite otro nombre: más que defensa, esto es una puesta al día, un recordatorio amistoso de por qué Charly García es un artista importante y relevante, aún a ojos de alguien de mi generación que en un vistazo rápido pueda encontrar su trabajo hortera o caduco.

Este impulso surge tras hablar con unos amigos hace un par de días sobre la música, la historia de la música, y la música en este nuevo siglo. Ellos defienden (con toda legitimidad) que los discos y grupos que más captan su atención, a los que más les gusta escuchar, son de esta época, posiblemente por aproximación generacional. Es lógico, a priori, que sean estos grupos y autores los que toquen las teclas que más resuenan en ellos (en nosotros), viven en el presente y comparten sus (nuestras) preocupaciones e intereses. He elegido a Charly García simplemente porque, aunque no hablé de él con mis amigos aquella tarde, sí he estado a vueltas con dos de sus discos durante la última semana; así aprovecho el entusiasmo para hacer reflexiones apresuradas y endebles, pero honestas. Sí hablamos de los Beatles, que consideran pasados de moda e irrelevantes, y de Bob Dylan, del que dijeron que “por ahí si que no pasan”.
Por puntos:

1. Charly García, específicamente el Charly García de ‘Clics Modernos’ y ‘Piano Bar’, es una muestra del triunfo de la estética, entendida como la correlación contenido-contingente. Charly adopta la imagen de rockstar, no como respuesta al entorno (como podrían ser las estrellas de rock de décadas anteriores) sino como resultado inevitable.

En ‘Demoliendo Hoteles’,

“yo que nací con Videla [Jorge Rafael Videla, dictador argentino], yo que viví sin poder”.

Se suma a la lista de versos que enfatizan la opresión y la impotencia sufrida y que desemboca el estribillo

“hoy paso el tiempo demoliendo hoteles”,

actitud asociada al estereotipo de famoso trasnochado y desconectado de la realidad.

Sus letras las protagoniza ese personaje que hoy en día, sumergidos en el siglo XXI, parece poco menos que ser mitológico: el Artista consciente de la Historia y de sus horrores y de su agotamiento y que aún así defiende y revitaliza su Arte, el Artista Desengañado y Romántico.

En ‘Báncate Ese Defecto’:

“desconfío de tu cara de informado y de tu instinto de supervivencia / hace tiempo que no leo ni veo nada porque me ofende que todo esté tan mal / y hasta las personas lindas me dan rabia, y los chicos y las chicas no hacen nada por cambiar”

Sus versos dejan clara su actitud contestataria. Charly se rebela ante los dinosaurios del gobierno y también de la cultura, pide cambio y respuesta y revolución. Estos discos fueron lanzados en 1983 y 1984, que aunque aún distan cronológicamente de la apatía posmoderna ya habían dejado atrás los arrebatos punk de décadas pasadas. La anomalía se acentúa si tenemos en cuenta que Charly García era y es una figura prominente en el mainstream nacional argentino (desligándolo de rebeliones subterráneas ochenteras a la Sonic Youth o Cocteau Twins).

Lo verdaderamente importante es que esta insurrección lírica se complementa con una insurrección musical. ¿Contra quién se puede rebelar alguien en los 80, musicalmente hablando? Obviamente, contra el puritanismo rock en el que se Charly se ha criado, y así pues ‘Clics Modernos’ y ‘Piano Bar’ están repletos de sintetizadores, baterías programadas y todo aquello que se identifica con la música pop vacua de la época.

Es relevante la reflexión de G.K. Chesterton en un artículo simétricamente titulado ‘En defensa de las novelas de detectives':

“Cuando el detective de una novela policiaca queda solo entre los puños y los cuchillos de una banda de ladrones, con un valor lindante con lo fatuo, nos ayuda a recordar que la figura auténticamente original y poética es la del agente de la justicia social, mientras que desde una perspectiva cósmica los ladrones y salteadores de caminos no son más que personajes conservadores, viejos y acomodados”

Cambiando a los ladrones y salteadores por rockeros, y a la justicia social por música generalista, Charly se convierte en un personaje original y poético. Esta música, al igual que la sociedad y la moral, puede estar envenenada, ser una gran mentira. El detective/músico en su terquedad se niega, intenta aplicar justicia, e intenta llenar de relevancia y significado a lo popular. Exactamente lo mismo que hizo Bob Dylan al electrificarse.

Esto, unido al incontestable talento musical de García me sirve para argumentar su relevancia. Al menos en su época. Esta puntualización nos lleva al segundo punto.
2. La música de Charly García, al igual que la de Bob Dylan, no ha caducado ni es intrascendente. O lo es, en un sentido totalmente insignificante y peligrosamente generalizador.

Ni García ni Dylan ni los Beatles escriben letras sobre nuestro presente, sobre las preocupaciones actuales. Sus estilos musicales han sido imitados ad infinitum, y nosotros como oyentes ya los hemos asimilado. No suenan nuevos. Han sido superados. Pero la palabra “superado” puede acarrear connotaciones que nos guíen a resultados equivocados: la música, como cualquier arte, se puede entender como una corriente o flujo continuo (que es lo que conforma la Historia), pero también como algo acumulativo. Ambas concepciones no son incompatibles. Cualquier canción puede recuperarse y escucharse, aislada de su inscripción en la trayectoria histórica.

Pero no creo que las obras de los artistas que he enumerado se resuman en contenido acumulado. Tienen una resonancia, y una relevancia actual. Primero, porque si revisamos la rebelión de Charly encontramos que su apología al synth-pop ochentero es una respuesta al rock psicodélico setentero, que a su vez es una respuesta al pop previo. La idea pendular del eterno retorno no es algo nuevo. Si el tiempo vuelve a insuflar relevancia a elementos que momentos antes eran olvidados y repudiados, ¿cómo podemos decir que nada ha sido superado? El progreso es constante revisión.

Ahora viene una segunda parte, que puede parecer un salto de fe. No es necesario conocer el contexto histórico de Bob Dylan para entender lo revolucionario que es, o más bien lo vital que es su música: todo se transpira en la música misma. Es el asunto del Quijote de Pierre Menard, un relato escrito por Borges en el cual este Pierre Menard reescribe ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, letra a letra, idéntico al original. Y sin embargo algo falta, no es la misma novela.

O, por poner otro ejemplo menos elevado: una proyección de cortometrajes experimentales amateur. Pueden mostrarse dos cortos, que sean escandalosamente parecidos en forma, pero uno de ellos parecerá una farsa, un ejercicio petulante y hueco. Y del otro se podrá percibir una honestidad, una falta de pretensión que quizás no añada al valor intrínseco de la obra pero sin duda lo salva de ser una gilipollez.

‘Highway 61 Revisited’ sigue soltando chispas, porque las intenciones de Dylan quedaron grabadas en el disco. No sé exactamente donde, aunque Žižek dirá que es en su estilo, en su escritura musical (que no hace referencia a la composición de la melodía o a los arreglos o a las letras, sino a otra cosa): en los sinthoms, término lacaniano que “no tiene significado determinado (simplemente da cuerpo, en su patrón repetitivo, a alguna matriz elemental de goce excesivo) […] aunque no tengan sentido, sí irradian cierta jouiss-sense “.

Estas son las diatribas mentales que ejerzo para poder seguir escuchando ‘Clics Modernos’ y no sentirme culpable por tararear aquello de

“¡tengo que confiar en mi amor, tengo que confiar en mi sentimiento!”

 


 

Marcos Oteiza
Autor collage, Jonathan Vico

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