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LA MOSCA, Roberto del Río

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Una mosca me seguía por la casa. Entró por la ventana de la cocina y ya se me hizo inseparable. No era una mosca inteligente. Las hay que van a lo suyo, asumen su papel de mosca e intentan pasar desapercibidas. Picotean donde pueden y vuelan lejos de los humanos. No los provocan. Las más listas procuran no dejarse ver. Decisión muy juiciosa: como no las ves, o las ves a distancia, convives con ellas en un tranquilo estado de tregua. A cambio de respetar la paz de tus nervios las dejas circular por el mundo y aun compartir tu casa. La mayoría viven sin grandes sobresaltos, se hacen longevas y mueren de muerte natural.

También las hay exhibicionistas, belicosas, imprudentes. Parecen impulsadas por un solo propósito: molestarte. Perseguirte, lanzarse sobre ti, hincar su trompa en tu piel por puro capricho. Te retan. No se conforman con atacar de vez en cuando. Su actividad es incesante. Las espantas y vuelven. Ese manotazo que casi las derriba en pleno vuelo debería hacerlas recapacitar. Pero qué va. Se exponen a tu artillería con arrogancia. Son pocas las que sobreviven a las consecuencias de su fatal obcecación. Esa única codicia de asediarte y no saber parar a tiempo determina su destino: morir en cualquier pared bajo la furia de un zapato.

La mosca que se encaprichó conmigo pertenecía a este género tonto. Cuando no la tenía en el brazo se posaba en la frente; la ahuyentaba, desaparecía de mi vista y al instante la notaba en otro punto, quizá en la nariz o a las puertas de la boca -cerrada como una caja de caudales. Era inútil cambiar de habitación, ella orbitaba en torno a mi cabeza y a donde fuese mi cabeza iba el insecto, impasible ante mis manotazos.

Hasta que la tuve a tiro de zapatilla. Había volado impunemente escurriéndose de mis zarpas histéricas, se había dejado mecer con el aire de mis guantazos como si flotase sobre las olas en un colchón de playa: y en la plenitud de su vida guerrera, jalonada de triunfos, se adormece sobre un laurel.

Ese laurel se llama azulejo del cuarto de baño. Arrimé la puerta y me descalcé sin ruido: supe que era mía. En el impacto se resumen muchas horas de frustración, la fuerza de mis músculos alimentada por el odio, un ángulo perfecto, una suela plana contra una superficie pulida… y algo de suerte.

Un ¡plaf! abierto, sonoro, tremendo. Retumbó en el baño y en la bóveda de mi cabeza. Mis oídos pitaban por la violencia del golpe. ¿Y la mosca? Separé la zapatilla y me encontré con una masa sanguinolenta estampada en el azulejo. Reducida a dos dimensiones, la que fuera una orgullosa mosca de combate -aunque lidiase en causas perdidas- parecía formar parte del alicatado. Un macabro diseño para el fin de esta historia.

Pero la historia sigue. A veces los recuerdos llegan en oleadas, en maremotos, en chaparrones; en torbellinos, según Susana Rinaldi en El último café. Llegan por la espalda y sin darte cuenta ya los tienes delante, entrando por los ojos y buscando el camino de los pedazos de tu corazón.

Las nubes tienen forma de animales. El tiempo esculpe las piedras. El azulejo es la portada de un libro de visitas. Y los pedazos de mi corazón se sublevan: bajo la mosca aplastada hay una novela con tu nombre. Recuerdos como temporales brotan de la superficie pulida en la que, para ti, escribí y borré -tantas veces- <te quiero>. Tantas tardes de amor clandestino, tantos te quiero a espaldas del mundo… Escribí y borré, escribí y borré… Con un lápiz de cera del color de tus labios… Escribí y borré…

Y borré, por fin, definitivamente.

Hasta hoy, hasta el momento de grabar este ideograma de chocolate y frambuesa. En ese azulejo donde escribí te quiero, donde proclamé el orgullo de quererte y prometí para ese orgullo un futuro de eternidad, hoy yace, como memoria y resumen de todas nuestras citas, una mosca despanzurrada.


Roberto del Río
Ilustración: Vito García

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