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Román Piña Valls (Palma, 1966) ha publicado entre otras las novelas Gólgota (Premio Camilo José Cela Ciudad de Palma 2005), Stradivarius Rex y El general y la musa. Obtuvo en 2004 el premio Desnivel con Viaje por las ramas. Como poeta su último título es Los trofeos efímeros. Es cofundador de la revista literaria La Bolsa de Pipas que dirige desde 1995. Ha publicado el ensayo, escrito junto a Miguel Dalmau, La mala puta. Réquiem por la literatura española (2014). Sacrificio (Salto de Página, 2015) es su última novela.


Pablo Noguera recibe el encargo del señor y la señora Topp de investigar la desaparición de su hijo Horacio, celebridad mediática y gurú de la motivación y la autoayuda. La hipótesis de un secuestro se debilita a medida que pasa el tiempo y no llegan noticias de Horacio ni de ningún secuestrador. ¿Y si el joven se ha escapado, huyendo de su esclava rutina cotidiana? ¿Y si ha ocurrido algo peor? Ni en España ni en Gran Bretaña —el chico es un inglés afincado en Mallorca— logran explicarse que Horacio haya podido huir en sus condiciones; pero tampoco que nadie haya sido capaz de hacerle daño. La vieja relación de Noguera con un pequeño editor le dará las claves para seguir el rastro de Horacio Topp desde las miserias del mundo del libro a las del mundo en general. A lo largo del relato se desvelará una novela distinta a la que arrancaba bajo un falso planteamiento de novela negra, y al final del viaje el lector descubrirá el diabólico diseño de la destrucción de un santo.

P. ―Sacrificio comienza como una novela negra con tintes de parodia hacia el propio género, sin embargo, a medida que avanza, el lector se da cuenta de que no es simplemente eso lo que se pretende. En algún momento de la lectura uno tiene la sensación de estar ante un libro completamente diferente al que empezó, un libro con un mensaje profundo, una crítica dura y macabra a la sociedad actual. ¿Por qué eligió trabajar de esta manera?

R. ―No sé hasta qué punto uno elige o se limita a hacer lo que puede. El formato de novela negra es práctico cuando se trata de narrar un crimen, un suceso, un “caso”, como el de Horacio Topp, el personaje investigado de “Sacrificio”. Pero o soy incapaz de cenirme a los estándares del género, o simplemente eso me aburre y busco siempre romper los esquemas al lector y llevarlo a donde no se espera. Siempre intento trabajar así.

P. ―Es destacable el hecho de que no sea una novela que se parezca a las demás que ha escrito. Usted ya lo ha afirmado en alguna ocasión. Sacrificio no es precisamente una novela cómica ni disparatada. ¿A qué se debe tal cambio de rumbo?

R. ―No es un cambio en la intención: en mis novelas más cómicas hay un fondo de sátira y crítica social muy serio, bajo un embalaje ligero. En “Stradivairus rex” me ocupé de temas terribles y hondos. Convivía lo fantástico y loco con lo absolutamente trágico y serio. Algo parecido ocurría en Gólgota. En “El General y la musa” hice una apuesta más simple: todo humor. Y momentos líricos, claro. Más que un cambio de rumbo, “Sacrificio” es un cambio de vestuario. El humor aflora con cuentagotas, es secundario. Me interesaba contar una historia muy real, sin alardes de ingenio en el nivel narrativo, y tener dominado al payaso: y como la historia es dura y bestia, tratarla con seriedad.

P. ―El personaje de Raúl Palmer, profesor de lenguas clásicas y editor ansioso por hacer dinero, representa, según ha dicho, una parodia de usted mismo. ¿Qué relación guarda el autor con el protagonista y narrador de la historia, Pablo Noguera? 

R. ―Palmer está aderezado con mis accesorios: profesor, editor…  Noguera con algo más íntimo. Uno se proyecta más en quien no es, en quien escoge para evadirse. Noguera y yo somos los que contamos la historia, de modo que nos une algo muy especial. Quizá me gustaría coincidir con su mirada sobre el mundo, con su criterio ante los hechos que va descubriendo. Con sus reflexiones sobre lo justo, lo moral y lo que nos lleva a la perdición.

P. ―En alguna ocasión ha llegado a afirmar que  le molestan los “quistes” poéticos en la prosa. Sin embargo, y pese al estilo directo del lenguaje en Sacrificio, hay algunos pasajes en los que las palabras llegan a rozar lo poético, en cuanto a belleza y poder metafórico. ¿Qué parte del Román Piña poeta hay en el narrador?

R. ―La parte necesaria, espero. En mi poesía soy bastante de línea clara, y hasta es posible que resulte más poeta en una novela que en un libro de poemas. Pero en una novela es bueno no dejarse ganar por el mal poeta que algunos llevan dentro: no ceder ante lo críptico, lo amanerado, lo barroco o lo cursi. Hay que ser creativo, hay que tener chispa, y no hay que empalagar. El lenguaje no ha de primar, sino la música, el ritmo. Ha de fluir la prosa, y llevar la historia adelante, con ese lenguaje invisible del que hablaba Ramiro Pinilla. Ciertos tonos y vicios del lenguaje dejan las historias muertas en una ciénaga que pudre la obra.

P. ―Estamos ante una novela breve, apenas 120 páginas. ¿Era esta la intención desde un principio o fue una decisión tomada durante el proceso?

R. ―Preví una historia breve, más breve aún de lo que resultó. Creo que se ajusta su extensión a lo que daba de sí la idea y el impulso que supo insuflarme.

P. ―Es conocida su admiración por Albert Sánchez Piñol, a quien considera, en sus propias palabras, un “maestro de la exposición argumental”. ¿A qué otros autores contemporáneos podría citar como referentes para usted y por qué?

R. ―Me quito el sombrero ante el Sánchez de “La piel negra” y “Pandora en el Congo”. pero Victus ya no la leí: el asunto no me interesaba. En los últimos 20 años me han marcado seriamente autores tan distintos como el mencionado Pinilla, Felipe Hernández, Manuel Vilas, Palahniuk, Vonnegut o Styron. Hérnandez me abrió los ojos ante la necesidad de un lenguaje eficaz, o mejor: ante la superfluidad de apostar por una prosa poética antes que por la narración clara. Palahniuk me regaló el gusto por la velocidad y la sorpresa. Vonnegut por la imaginación y la locura. Ramiro por la ternura y la hondura. Vilas por la libertad. Y Styron, con La decisión de Sophie, creo que significa para mí el referente de la ambición más alta ante la obra de arte. Es un perfecto antiafrodisíaco para el momento en que la musa se baje las bragas, porque es imposible estar a su altura.

P. ―Además de escritor, es usted profesor de griego, crítico y editor, ¿cómo compagina la escritura con dichas actividades en su día a día?

R. ―La escritura de proyectos de largo recorrido se lleva mal, sin tiempo. De eso hablo en “La mala puta”. He tardado años en terminar novelas como Gólgota, “Stradivairus rex” y “El general y la musa”. Para ésta necesité 18 meses. Desde enero de 2012 no he escrito más que un par de poemas, y “Sacrificio” la escribí en 34 días, en 90 horas. Eso me deja bastante tiempo para cumplir mi horario de profesor y hacer de editor amateur. Crítica ya no hago desde hace mucho tiempo.

P. ―Todo escritor tiene uno o más motivos para escribir. ¿Qué es lo que le mueve a usted en particular?

R. ―La ambición de alcanzar una obra de arte.

P. ―¿Qué consejo daría a un escritor incipiente que tiene que enfrentarse al difícil mundo de la edición por primera vez?

R. ―Que si no publica antes de los 34, no se frustre. La vida es muy larga y todo llega.

P. ―¿Qué proyectos literarios tiene en mente después de Sacrificio?

R. ―A falta de nuevas ideas, quisiera reescribir una novela corta inédita que escribí en 1999. Pero dudo que lo haga. Creo que esperaré a tener un arrebato como el de “Sacrificio”.

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