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SEGUNDA PERSONA, Fernando Maroto

Fernando García Maroto

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Oyes un sonido y despiertas. Abres los ojos y no ves nada, sólo oscuridad: estás
muerto.

No, no lo estás. Has creído estar muerto, nada más; aunque no es poco.
Quizá lo soñaste, quién sabe. Cuando has abierto los ojos y visto tan sólo esta
negrura tan profunda y persistente, te has asustado.
Sigues oyendo el sonido, aun despierto: no ha cesado con tu vigilia. Te
cuesta darle nombre porque al principio creíste que formaba parte del sueño,
pero no es así: suena el teléfono. Ahora todo encaja. Sin embargo, no te
tranquilizas: la explicación, completa e inexpugnable, no resulta suficiente.
Cuándo lo han sido, suficientes, te preguntas de pasada, con cinismo. Parece
que sonríes por tu ocurrencia.

Enciendes la luz de la mesilla de noche y compruebas la hora:
madrugada. Maldices y reniegas, pero sabes que no puedes negar la evidencia
del reclamo: responderás. Demoras un poco lo inevitable, por si fuera posible
escapar de algún modo, engañar sutilmente al diablo: te incorporas despacio,
estirando los brazos y flexionando las piernas; remoloneas infantilmente con las
zapatillas, confundiendo adrede y divertido derecha con izquierda; restriegas
los ojos hasta enrojecerlos y bostezas a placer, descoyuntando la mandíbula. Lo
consigues, o permiten por caridad que lo consigas: el teléfono ha dejado de
sonar. Pero también sabes que volverá a hacerlo, como también sabes quién
llama y para qué: te buscan.

Aciertas, sabes que no tiene mérito porque era previsible teniendo en
cuenta la fecha exacta. Son necesarios nada más que un par de minutos para
que el sonido ajeno que se coló de incógnito en tu pesadilla reaparezca,
estridente, familiar y molesto. Como ya estás prevenido y preparado, contestas
rápido; no te haces de rogar más.
Te informan con exactitud, escuchas con atención y no te sorprendes,
finges: hoy era el día señalado: hoy tenía que ocurrir la muerte anunciada.

Ahora no es momento de lamentarse ni hacerse preguntas estúpidas, sólo
queda acudir y cumplir con el cometido asignado, que no es mucho, que
tampoco has ensayado, y para el que intuyes el fracaso y presumes el ridículo,
que por un motivo inexplicable temes más. Los demás ya están en la casa y
faltas tú. Apuestas que te han dejado a sabiendas para el final, por nada en
especial, por muchos motivos: no te ofende, aunque es cierto que podrías
estarlo. Pero como has dicho antes, no es momento de lamentarse.

Llegas a la casa tan rápido como te ha sido posible: es lo primero que
dices cuando te abren la puerta y franquean el paso. Suena a débil excusa.
Siempre sucede lo mismo; acabas dando la vuelta a la tortilla para sentirte aún
más culpable: en lugar de pedir explicaciones por haber sido relegado al último
puesto en la cadena de llamadas, ahora eres tú quien se disculpa por la
tardanza, fruto de este mal hacer. No importa. No es el momento. Calculas con
precisión y lástima que no habrá otro.

Todos están allí, antes que tú. Te reciben con frialdad, con un silencio
apropiado, de velatorio. Muchos te ignoran, la mitad por temor y la otra mitad
por puro y simple rencor; el resto parece no haberse dado cuenta de tu llegada.
Nadie te dirige la palabra ni busca tu compañía ni tu conversación, ambas
incómodas, por su frialdad natural, por inapropiada la primera y estéril la
segunda. Cedes y concedes la tregua, claudicas sin lucha: también tú les evitas,
y de paso, condescendiente, les evitas el mal trago de preocuparse por ti. Cada
cual hace lo que debe sin darse importancia, y tú no vas a ser menos: odias la
vulgaridad y el recelo.

Deambulas como un fantasma por el salón, bien iluminado, como para
conjurar un peligro que, de ser real, ya ha sucedido; te adentras en la cocina
para tomar una copa, hay de todo, no han descuidado ningún detalle; y no
dejas de apreciar el cuidado, el mimo y la mala conciencia con que todo ha sido
dispuesto: el muerto dio instrucciones precisas y nadie ha osado discutirlas,
contradecirlas o maquillarlas. Piensas un segundo en él, en el interfecto: hoy es
su noche. Y te das cuenta que tú todavía no has entrado en el dormitorio a
presentarle tus respetos. Aceptas el reto.

Te dejan vía libre, no van a impedirte el encuentro con tu destino. Entras
solo en la habitación y te acercas a la cama, donde yace el cadáver. Te acercas lo
justo para observar con detenimiento su rostro, que es el tuyo. Caes desmayado,
inconsciente, y algunos acuden a tu llamado silencioso.

Oyes un sonido y despiertas. Abres los ojos y no ves nada, sólo
oscuridad: estás muerto.
No, no lo estás.
Te equivocas: sí que lo estás.

 


Fernando G. Maroto

Ilustración, Daniel Rodríguez Rodríguez

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